Pacientemente y un poco al azar, pero con una concentrada curiosidad, él saca el contenido de la caja y lo va disponiendo en el piso. La imagen devota de una Virgen azulada, un trozo de tela endurecida que más bien parece cartón cosido, una carta manuscrita cuyas primeras líneas fueron leídas sin tratar de entenderlas y pequeñas fotografías amarillas con esquinas redondas y grisáceas. Desparramados de esta manera, montados como un cuadro en la fricción de la arena, el conjunto funciona por afloramientos. No es que estos objetos provengan de la misma cajita de metal para decir algo común – el tiempo, la costura de la historia – sino que este acto de organización y montaje que Ícaro engendra tiene algo de edición. Documental o ficción, no importa.

Sentada a su lado, lo veo manejar los objetos en el sótano de mi bisabuela. Sin timidez, pero con la modestia del extranjero en territorio íntimo, levanta tapas, saca papeles de una pila de documentos, sopla el polvo, se detiene en miniaturas de objetos infantiles agarrados por una cuerda áspera, pasa rápidamente a otros, hace preguntas, escucha. No podemos decir que está buscando algo, pero esa atención tenue que da a los objetos, a las historias que pueden -o no- contar, a sus eventuales referencias a otras historias, volvería a encontrar más tarde al caminar por las calles de Londres, intercambiando ideas sobre la exposición que estábamos preparando para la Galería Salle Principale.

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Desde hace algunos años, Ícaro Lira, un artista brasileño cuya primera exposición individual en Francia se centraba en el tema del desplazamiento, control y aislamiento social. Una historia de grietas y movimientos, la historia de la migración es más que una historia de origen – de dónde se viene – es una historia de circulación y demarcación, dónde se vive, dónde permanecemos, qué fue necesario para permanecer allí. Una demarcación en relación con la tierra nativa, por supuesto, pero también con la sufrida, implícita o explícitamente, en la tierra receptora. ¿Qué es vivir en algún lado? ¿Pertenecemos al lugar donde vivimos? ¿Qué define nuestra pertenencia a un lugar en particular? ¿A qué es que, pero también a quién somos extranjeros? Desde los territorios del noreste de Brasil de dónde viene y donde nunca deja de regresar, a las calles de São Paulo, Londres, París, Nápoles o un pequeño pueblo andaluz, el artista vive en tránsito. No más viajero que exiliado o migrante, Ícaro Lira no celebra el nomadismo, pero está interesado en las transfiguraciones – políticas, económicas, sociales, pero también íntimas – que engendran las circulaciones. A partir de sus viajes, que sobretodo son encuentros, recupera objetos: listones de madera, piedras, cuadros, basura, documentos administrativos, artículos de prensa, pero también entrevistas en audio y notas personales. Tantas características con historias singulares que, yuxtapuestas y en conjunto, forman una red de significado frágil abierta a la interpretación.

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Así, por la acumulación dispar de detalles, quizás inicialmente inocuo, algo proviene de su trabajo. Se forma algo así como una narrativa, o algo que toma el lugar del borrador del voluntario. Para silenciar el espacio, avanzar en las historias, dejar que surjan las aproximaciones, como un archivista consciente, Ícaro Lira se dedica, sin embargo, a la tarea que parece ser la suya. Con las reglas de clasificación, separación y atribución, prefiere el acumular modesto y discreto de objetos heterogéneos y las líneas de fuga abiertas por efímeras asociaciones. Decir pero preferir no. Tratar de contar la historia de trayectorias íntimas o colectivas a través de agrupamientos frágiles y poco ruidosos, para mostrar líneas de significado irreductibles a las grandes narrativas. Y con la voz monótona, prefiere el archivo íntimo, forma fisionable y no homogénea por excelencia. Así, el desplazamiento de un objeto siempre será posible y, con él, una escritura que incesantemente no puede completarse. Quizás eso es lo que Ícaro está tratando de hacer aquí, una canasta de ficción: una historia que sería contada a partir de pedazos y papeles metidos a ciegas en el bolsillo de su jeans.

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Los objetos y documentos recopilados y montados/ensamblados por Lira constituyen un agenciamiento plástico a la par que una dicción poética. Se asemeja a una prosa interior en la que la mirada y el pensamiento se funden con repetidos gestos de desplazamiento, yuxtaposición, separación, recuperación y asociación. Los objetos funcionan igualmente como significantes y señales. Más allá del valor documental que puede tener una fotografía tomada de la revista Paris Match o un billete de mil cruzeiros, me parece que hay dos formas de relacionarse con lo real. El primero, basado en una lógica de índice, el documento, como un vestigio, que se refiere a un régimen específico de conocimiento y representación, es un vehículo para acceder al pasado. A esas historias prolongadas en el tiempo y a los silencios que, para que se hagan de membranas tan finas, deben su existencia al palimpsesto de voces y memorias. Pero aún así, estaría inmediatamente en deuda con su función de prueba, por las manipulaciones y desplazamientos por los que el artista le hizo pasar. El otro, más precario, revelaría un pensamiento: un pensamiento como aquello que resiste precisamente a lo inteligible. En ese sentido, con detalles como una granada seca o un trozo de pizarra, Ícaro trabaja más con connotaciones que con certezas, logrando, en su propia insignificancia, alcanzar algo de lo real. Sería un error concebir estos documentos y objetos como el único medio de acceso a los hechos, buscar en sus pormenores una línea de sentido que le otorgara toda la importancia y justificase su presencia en el dispositivo implantado aquí. En cambio, nos llevan a pensar en cómo acceder a los hechos que pueden contar. Dos ediciones de la prensa nacional brasileña – Folha de São Paulo –, una del 8 de abril de 2018 y otra del 29 de octubre de 2018, están dispuestas lado a lado, en el piso, en el papel que sirvió para protegerlas y transportarlas. Uno anuncia el arresto de Lula, otro el nombramiento de Bolsonaro como presidente de Brasil. Ícaro llevó estos dos números en su maleta durante un año, sin saber qué hacer con ellos. Ni qué hacer con lo que enuncian. Levedad, no estoy segura – preso / peso (prisionero / peso). Su materialidad resiste al discurso.

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Los montajes de Ícaro iluden cualquier forma de integración en un discurso excedente, son contrarios a la linealidad y la demostración. Prefieren la posibilidad de una inversión íntima a la síntesis de un discurso totalizador. El paradigma de indexación está, por lo tanto, bloqueado. Depositados aquí y allí, objetos como una roca de obsidiana, figuritas de Chiquilín o un libro, acompañan las obras – ellas mismas hechas de otros objetos – enfatizando su dimensión material e irreducible. La obra se convierte así, en el espacio expositivo de una colección personal, donde se pueden leer extractos de historias, que giran constantemente en torno a los vestigios que Ícaro va recolectando. En este conjunto, los objetos nunca funcionan en bruto, sino que participan en una lógica de montaje y exhibición. Por lo tanto, es menos la restitución de una historia que se desarrolla ante nuestros ojos que una relación íntima con ella.

En un abordaje que no pretende cerrarse por completo, sino que ofrecerse, como escucha, a la pluralidad de historias y voces, a su vulnerabilidad, Ícaro Lira expresa una profunda empatía por las experiencias vividas. La exposición en la galería Salle Principale aparece como un nudo. Un nudo temporario de voces, encuentros e historias, de territorios atravesados, habitados y cargados en cada uno, de diferentes temporalidades constantemente renovadas por ensambles renovados. En este sentido, no actúa en el modo de la institución, sino más bien en el acto de romper y abrir. La enunciación es plural y especular. Se hace oír de repente, en las secuencias y atiraulações del montaje, en el eco de los encuentros que lo vieron nacer y que suscita.

 

Elena Lespes Muñoz. París (1988). Vive y trabaja en París. Historiador del arte (Universidad de París I y Universidad de São Paulo). Coordinó proyectos de arte contemporáneo en la Fundación Kadist. Trabajó en la asociación Artesur (dedicada al arte contemporáneo en América Latina) y en la Galería Aline Vidal, además de curadora de exposiciones (Le bruit des choses qui tombent, FRAC-PACA, 2017; Video SUR, Palais de Tokyo, 2018). Actualmente es gerente de comunicación y mediación en CAC Brétigny.