Sin duda que el cuerpo como material, lenguaje y tema del arte actual, viene precedido de una teoría social que ha sido utilizada como cuestionamiento a la visión del ser humano en cuanto a sus conservadoras posturas sobre la creación de los artistas. En este sentido, América -territorio alterado por una estructura eurocéntrica dominante- es un espacio donde la mixtura de las civilizaciones ha masificado nuevas visiones del ‘empalme cosmogónico’ entre Europa y América.

Las aculturaciones entre estas dos realidades persisten y van acumulando una serie de poéticas desde las cuales podemos recoger inigualables estéticas que rodean la dominación colonial, los hitos geográficos y la religiosidad popular. Todas ellas convergen en un barroco que como espacio de reflexión estética ha estado acumulando una visión del ser humano dentro del contexto de una Latinoamérica aún en estado de cautiverio.

Mucho ya se ha escrito sobre las huellas del estilo barroco que resaltan desde el primer instante de ese ‘empalme cosmogónico’ y que por cierto, aún son visibles en un territorio tan diezmado para la cultura política y social latinoamericana como lo es México. En estricto rigor, este inmenso país ha enfrentado diversas reflexiones acerca del canon estético en el que está inmerso. Una peculiar característica mexicana es que este país es una cosmovisión que arrastra un pensamiento que va entre la secularidad y lo divino. Casi todos sus espacios han sido adornados con los símbolos de la dominación, la festividad y la violencia. Por lo que a través de las tramas urbanas somos capaces de comprender la apariencia de esta incomparable estética mexicana. Ante esos espacios públicos, indudablemente la performance juega un rol fundamental ya que la práctica performática pone en las cuerdas flojas, entre otras cosas, a la clase dominante y a los conservadores de siempre.

La performance es esa práctica donde el artista está autorizando a convertirse paralelamente en autor y objeto. La materialización de intrincadas ideas encuentran en el cuerpo, el santuario donde tiene lugar esa fricción que convierte en materia prima lo que exploramos, invocamos y transculturizamos. El cuerpo es tanto herramienta como narrativa.

Desde otra óptica, la acción performática también desnaturaliza, como material de creación, ciertos dogmas que hemos construido, en sociedad, sobre algunos componentes que rodean la vida cotidiana. Es aquí donde aparecen en los performanceros, exploraciones que apuntan a cuestionamientos biográficos, económicos y étnicos que irrumpen en los límites entre el público y el artista; y por sobre todo convierten al espectador en un personaje activo de su acción. La performance, ciertamente, convierte al cuerpo en objeto y significante.

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Ahora, la base simbólica para accionar la performance en México ha permitido que su concepción sea sustentada como un ritual que envuelve todas esas aleaciones que trasladan un sin número de peculiaridades que ya han sido impregnadas con esta cultura latinoamericana. Parece que el mismo acto por explorar el cuerpo ya es un verbo que articulado en un rito se repite en la historia, la psique y los fenómenos ambientales.

Es a partir de un ritualesco panorama que la artista visual polaca Julia Kurek estableció una exploración en base a la territorialidad y los paisajes de México. Además esta residencia la inmiscuye en algunas lógicas sociales de un país anclado a ciertas imágenes que transmutan hacia otras expresiones visuales y metafóricas de la cultura de masas.

Ciertamente, la complejidad de la sociedad mexicana es el punta pie inicial para yuxtaponer un par de ideas que imperan en la cultura y que no pueden ser eludibles. Es por eso que el trabajo de esta artista constata la perturbación de su cuerpo frente a las poderosas imágenes que los mexicanos cargan en su memoria dentro del innegable estupor con el que vive actualmente esa sociedad cada vez más violentada y neoliberalizada.

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En el contexto de esta exploración, el cuerpo de Kurek va cuestionando sus cosmovisiones, sus verdades y filiaciones. Por lo que no deja de situar una lectura hacia el cuerpo desde la potestad de la cultura visual. Es ante el binomio cuerpo y poder que no podemos omitir los planteamientos escritos por Foucault. Según este filósofo, el cuerpo está sumergido en un campo político en donde podemos establecer diversas relaciones con otros cuerpos que solo pueden actuar dentro de relaciones de poder. Es más, para él, el cuerpo es un poder que se manifiesta en diversos quehaceres, como por ejemplo, en el religioso y económico. Por eso el ‘campo político’ reacciona ante la configuración individual que originan ciertas imágenes de la cultura popular. Algunas de ellas son las que generan singulares formas de ficcionar acerca del poder que poseen esas imágenes.

México es un cultivo de imágenes de poder. Ancestrales mitos y actuales crónicas confirman el sitial de la imagen en la cultura mexicana. Entonces al entrelazar sus interpretaciones desde el cuerpo, es irrefutable que éste no absorba esas imágenes que la convierten en devota de las vírgenes, el indigenismo, los espíritus cósmicos y la naturaleza. Todas éstas al unísono son una amalgama que potencia una investigación de campo. De esta manera, los recónditos espacios de creación que Kurek ha diseñado, también los ha utilizado como un campo político que la rodea con esas relaciones de dominio y sumisión de la cultura popular mexicana. Además, su cuerpo en el espacio público, es desplazado sobre los límites de diversos sitios que han sido construidos, localizados y vigilados para mantener, efectivamente, una estructura de control social. En este caso, el cuerpo – su cuerpo– se enreda con la imaginería político-social que ha perdurado en esa sociedad desde hace siglos.

A través de estas propuestas, es innegable la estrecha relación entre cuerpo y poder. La artista esboza una extensa lectura a las imágenes que observamos en la cultura de masas. Efectivamente ella se mezcla con otras imágenes que van alterando su cometido. Más aún cuando su acción aparece para sentenciar parte de este proceso de investigación. Esto es similar a lo que Foucault nos quiere decir cuando afirma: “El cuerpo está directamente inmerso en un campo político.”

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Tanto Julia Kurek como su trabajo artístico, confirman la seducción que en ella han provocado las luchas libres, las imágenes paganas y la violencia ‘mediática’ en la cual viven millones de mexicanos. Son estos ensambles los que la sostienen en ese territorio para utilizar el cuerpo como catalizador de uno o muchos mensajes. Así es como estos cruces contienen un ideal extremadamente barroco que asemeja el pasado y presente de una cultura indígena, multicultural y desigual. Por eso, considerando que este diagrama de creación intersecta diferentes lenguajes, podemos confirmar que son las imágenes obtenidas las que redimensionan el sitio específico en el cual han sido producidas para cada una de las acciones que ella ha registrado.

Con este historial, es muy claro que la artista ha privilegiado un proceso creativo que ha articulado un consistente material de trabajo. En este sentido, los planteamientos de la artista sobresalen por la pluralidad que le ha entregado a los enfoques sobre la cultura de masas. Por ejemplo, las disímiles imágenes canónicas que ella ha diseñado, en el espacio urbano, son interceptadas por objetos que están estrictamente relacionados con la violencia. En otros casos, los desnudos de las luchadoras poseen una conexión con el estudio de ese cuerpo político que desprende la cultura mexicana. Junto a lo expresado anteriormente, no puedo ignorar a la renombrada video artista mexicana Sarah Minter cuando afirmaba: “Toda forma de expresión tiene que ver con política. Puede ser conciente o no. La vida es política. El arte es político.”

En síntesis, Julia Kurek pone en entre dicho el valor que le concedemos a la cultura visual, la imagen popular y la cultura de masas. Sus formas de inspeccionar chocan con la información que transcurre actualmente por esas vidas y, naturalmente, a través de esos cuerpos. Esa alusión al como observamos un cuerpo-objeto, condensa un sentimiento que aparece en una estructura social tan vapuleada por el capital, la política y la vehemencia social. Un hecho que no solo ocurre, en la actualidad, en México, sino que también en varios puntos de Latinoamérica.

Proyecto realizado bajo el contexto de la residencia R.A.T. (Residencias Artísticas Por Intercambio), dirigida por la antropóloga Danna Levin y el arquitecto Sergio González.

*Este texto forma parte de la publicación “Lucha Libre”, proyecto producido y publicado por CCA Laznia en Gdansk, Polonia. http://www.laznia.pl